“Corrupción y contrabando”, el histórico lastre de la Aduana argentina

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EFE | Cristina Terceiro | Buenos Aires, 13 de oct 2018

La Aduana argentina arrastra desde sus inicios, en tiempos de la colonia, el sambenito de “corrupta”. Un lastre que atraviesa a todos los Gobiernos y por el que hay abiertas numerosas y mediáticas investigaciones en la Justicia.

Nadie duda que Buenos Aires creció al amparo del puerto y que la recaudación de su Aduana ha sido a lo largo de la historia como un botín de guerra disputado incluso por los “padres de la patria” en los albores de la independencia.

De hecho, en el siglo XX, cuando Argentina era el séptimo producto interno bruto del mundo, este organismo aportaba entre el 80 y el 90 % de lo recaudado por el Tesoro nacional.

“Hoy solo supone el 1,47 % del PIB”, explicó el escritor y periodista argentino Enrique Vázquez a Efe.

Entonces, “¿Cuándo se fue al carajo la Aduana argentina?”, se pregunta Vázquez parafraseando a Mario Vargas Llosa.

Su libro “Aduana. Corrupción y contrabando” (Planeta) intenta arrojar algo de luz al respecto.

Una investigación de tres años en la que repasa, desde la época de la colonia a la actualidad, las tramas delictivas y causas judiciales más sonadas de este ente fiscalizador con testimonios inéditos de aduaneros, jueces, abogados o economistas, entre otros.

Vázquez expone a los protagonistas de las “narcovalijas”, a la “mafia de los contenedores”, el “contrabando calesita” puesto en práctica por un Gobernador con su flota de canoas y el caso de las “DJAI”, con las que se fugaron 300 millones de dólares del país.

La lista de causas es larga. Desde Rosas, pasando por Menem, Kirchner, Macri; casi no se salva ningún apellido presidencial.

Vázquez denuncia que el ente aduanero “está podrido de arriba para abajo” y que por algo sus directivos apenas duran “un año y medio” en sus cargos.

Para él hay “una relación directa” entre el funcionamiento de la Aduana y el Estado “pobrísimo” que es actualmente Argentina.

“Argentina tiene la posibilidad de vender cosas y obtener dólares a cambio, no tendría que pedir prestado a nadie”, sentenció en alusión al rescate de 57.000 millones de dólares que le concedió el Fondo Monetario Internacional al país para paliar la grave crisis cambiaria de los últimos meses.

Lamenta que hoy el dinero de las transacciones comerciales “no se ve ni se traduce porque la Aduana no controla” y asevera que, de funcionar correctamente, “incluso el país tendría plata para prestarle al Fondo”.

Su visión es pesimista: “No hay voluntad ninguna de arreglarlo” y es, de alguna manera, “un reflejo de la sociedad” argentina que, a pequeña escala, también pone en práctica estas avivadas.

Con Vázquez coincide, en parte, el exdirector general de Aduanas (2000-2001) Eduardo Cassullo.

“En el momento que a mi me tocó dirigir la Aduana (2000-2001) el proceso de descalabro era tal que numerosos sectores estaban injustamente dañados por una escasa o nula actividad aduanera”, explicó a Efe.

Habla un hombre que presume de dirigir este organismo recorriendo de incógnito los pasos fronterizos más controvertidos.

Era la época de la convertibilidad uno a uno (un peso, un dólar) impulsada por el Gobierno de Carlos Menem (1989-1999) y esa “paridad ficticia” hacía a los argentinos “extremadamente ricos”.

“No había producción posible que fuera competitiva cuando además la Aduana hacía la vista gorda a importaciones totalmente subvaluadas. He visto bicicletas a 80 centavos de dólar”, aseveró el exfuncionario.

Han pasado casi 20 años desde que tuvo a cargo la institución más antigua del país pero sostiene que la realidad no mejoró, “todo lo contrario”, y para explicarlo se sirve de una curva de Gauss.

En un extremo del gráfico sitúa un porcentaje de trabajadores “extremadamente peligrosos y corruptos” que conocen las técnicas de la Aduana y están haciendo negocio de eso. En la otra punta agrupa a un conjunto de empleados “tremendamente capacitados” e “incorruptibles”.

El resto del personal infla la campana Gaussiana y “va para donde va la corriente”, por eso Cassullo apela a la ejemplaridad de los jefes del organismos para que funcione.

Pese a todo, cree que la Aduana tiene futuro porque la tecnología juega a su favor.

“El futuro pasa por utilizar a la mejor gente y la mejor tecnología, y los dos ejemplos son posibles. Argentina ha dado muestras de transformación fenomenales” pese al “estigma” de “chorros” (ladrones) que persigue a los trabajadores de la Aduana, concluyó.


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